Washington Capitals right wing Ryan Leonard (9) comes up short on a goal as Boston Bruins defenseman Ian Mitchell (14) and goaltender Jeremy Swayman (1) defend the net during the third period of an NHL hockey game, Tuesday, April 1, 2025, in Boston. (AP Photo/Mark Stockwell)

Formas de mantener la motivación cuando tú y tu equipo estáis en un bache

Todos los que llevamos años en el deporte sabemos que los momentos de bajón son inevitables. Ningún deportista, por más talento o disciplina que tenga, se libra de ellos. Un equipo puede entrar en una mala racha, un jugador puede perder confianza, o el cuerpo y la mente pueden simplemente no responder igual que antes. La temporada es larga, los entrenamientos se acumulan, los resultados no siempre acompañan, y mantener la motivación constante se vuelve un desafío real.

El deporte, sea individual o colectivo, exige mucho más que técnica y preparación física. La mentalidad es el factor que marca la diferencia entre quienes se estancan y quienes logran avanzar incluso en los momentos difíciles. Cuando la motivación baja, el rendimiento se resiente. Lo he visto en el hockey sobre hielo, pero también lo he observado en deportistas de muchas disciplinas: corredores, nadadores, ciclistas, gimnastas, futbolistas o tenistas, entre otros. Todos, en algún momento, sienten ese desgaste interno que cuesta revertir.

Reconocer a tiempo las señales de desánimo es el primer paso. No hay que esperar a tocar fondo para reaccionar. Con el paso de los años, he aprendido a identificar qué estrategias ayudan realmente a recuperar la energía y el sentido del esfuerzo. A continuación, comparto seis formas prácticas que utilizo tanto conmigo mismo como con mis jugadores para superar esos baches que aparecen en cualquier etapa deportiva.

Tómate un respiro: el valor del descanso activo

En el deporte, se habla mucho del trabajo duro, pero poco del descanso inteligente. El cuerpo y la mente necesitan pausas para rendir al máximo. En los momentos de bajón, lo más habitual es aumentar la carga de entrenamiento, pensando que más horas solucionarán el problema. Sin embargo, muchas veces lo que hace falta es justo lo contrario: parar para coger impulso.

En el Club Hielo Jaca, donde paso gran parte de mi tiempo, he comprobado que incluso los deportistas más competitivos necesitan desconectar. Un descanso breve, bien planificado, puede marcar la diferencia entre seguir avanzando o caer en el agotamiento. No hablo solo de dormir o de no entrenar, sino de descansar activamente: cambiar de entorno, hacer otra actividad física sin presión, pasar tiempo con la familia o simplemente dejar que la cabeza respire.

El descanso adecuado no interrumpe la disciplina, la fortalece. Un deportista que se conoce y sabe cuando necesita frenar demuestra madurez. Recuperar la motivación no siempre es cuestión de empuje, a veces es cuestión de pausa.

Reconecta con tus motores de motivación

Hace unos meses leí un articulo que me ayudó a entender mejor qué impulsa realmente a las personas a mejorar. Hablaba de tres motores de la motivación: autonomía, maestría y propósito. Son tres conceptos que aplican perfectamente al deporte.

Autonomía: la sensación de tener cierto control sobre lo que haces. En un deporte de equipo, esto significa confiar en los compañeros, permitirles tomar decisiones en o aportar ideas. En deportes individuales, implica asumir responsabilidad sobre el propio entrenamiento y estrategia.

Maestría: el deseo de mejorar, de perfeccionar los detalles, de no conformarse. Es lo que empuja a un nadador a ajustar su brazada milimétricamente o a un jugador de hockey a repetir un tiro una y otra vez hasta hacerlo natural.

Propósito: el “por qué” detrás del esfuerzo. No basta con entrenar por ganar o por cumplir; hace falta un sentido. Representar a tu ciudad, inspirar a los jóvenes del club o simplemente demostrarte que puedes superar tus propios límites son propósitos que sostienen el esfuerzo cuando los resultados no acompañan.

Cuando un deportista entiende qué lo mueve y conecta esos tres motores, la motivación deja de depender del marcador o de la tabla clasificatoría. Aparece una energía más estable, más interna, que le permite resistir los baches con otra actitud.

Fija metas que tengan sentido

Los objetivos son la brújula del deportista. Sin ellos, el camino se vuelve difuso. Pero no vale cualquier meta. Deben ser claras, alcanzables y significativas. Muchas veces escucho a jugadores decir: “Quiero ganar”, “Quiero mejorar”, “Quiero rendir más”. Son intenciones válidas, pero demasiado generales. El cerebro necesita referencias concretas para mantenerse enfocado.

En mi trabajo como entrenador, recomiendo dividir las metas en tres niveles:

1.- Metas de resultado: lo que quieres conseguir -clasificar, ganar, lograr una marca-.

2.- Metas de rendimiento: lo que depende directamente de ti -aumentar la precisión, mejorar la salida, mantener la concentración-.

3.- Metas de proceso: las acciones diarias que te acercan a tu objetivo -entrenar con intensidad, cuidar la alimentación, respetar los descansos-.

Las metas más efectivas son las que conectan con un propósito personal. No es lo mismo decir “quiero mejorar mi saque” que “quiero que mi saque me dé confianza en los momentos decisivos”. Cuando un objetivo tiene sentido emocional, se vuelve una fuente de motivación constante.

También es importante revisarlas con frecuencia. Las temporadas son largas y las circunstancias cambian. Ajustar los objetivos no es rendirse, es adaptarse. Y en el deporte, la adaptación es una forma de inteligencia.

Cambia la rutina antes de que te agote

La rutina es necesaria. Da estructura, crea hábitos y disciplina. Pero también puede volverse un enemigo silencioso. Hacer siempre lo mismo, en los mismos horarios, con los mismos estímulos, puede apagar la chispa que da sentido al entrenamiento. He visto deportistas perder el entusiasmo no por fatiga física, sino por monotonía.

A veces, un pequeño cambio genera un gran impacto: variar los ejercicios, probar una nueva metodología, entrenar en un entorno diferente o introducir trabajo mental dentro de la rutina. Incluso cambiar el orden de las sesiones puede reactivar la mente.

En el hockey sobre hielo, por ejemplo, introducir juegos en los entrenamientos o ejercicios con música rompe la seriedad excesiva y devuelve la sensación de diversión. En deportes individuales, puede ser cambiar el recorrido, modificar la playlist o probar una sesión con otro grupo.

No hay que tener miedo a la novedad. La motivación se alimenta del movimiento, y la variedad mantiene la mente despierta.

Construye un sistema de apoyo real

Nadie avanza solo. En el deporte, rodearte de personas que te apoyen puede marcar la diferencia entre superar un bache o quedarte atrapado en él. Ese sistema de apoyo puede tener muchas formas: un entrenador que escucha, un compañero que anima, una familia que comprende los sacrificios o un amigo que ayuda a desconectar.

En los deportes de equipo, la fuerza del equipo es clave. Un vestuario unido puede levantar el ánimo incluso en las rachas más duras. Compartir las dificultades, hablar de lo que no funciona y buscar soluciones en conjunto crea una sensación de pertenencia que impulsa a seguir.

En los deportes individuales, el apoyo también es esencial. Aunque la competición se viva en solitario, contar con un entorno positivo mantiene el equilibrio emocional. Los mejores deportistas del mundo tienen equipos a su alrededor: preparadores físicos, psicólogos, fisioterapeutas, entrenadores y amigos que entienden el proceso.

Crear ese entorno no es casualidad. Hay que cultivarlo, cuidar las relaciones y mantener la comunicación abierta. El apoyo no solo te sostiene en los momentos duros, también te recuerda por qué vale la pena seguir.

Aprende del bache: cada caída enseña

Los baches deportivos no son un error, son parte del camino. Ningún deportista, equipo o entrenador está libre de ellos. Lo importante no es evitarlos, sino aprender de ellos. Detrás de cada racha negativa hay una oportunidad de mejora. Puede revelar un exceso de carga, una falta de comunicación, un desequilibrio mental o simplemente una necesidad de cambio.

Cuando un deportista entiende que los malos momentos son temporales y formativos, cambia su relación con el esfuerzo. En lugar de frustración, aparece la curiosidad: “¿Qué puedo aprender de esto? ¿Qué me está mostrando este momento?”

Esa mentalidad de aprendizaje es lo que convierte los tropiezos en crecimiento.

En mi experiencia, los equipos o deportistas que mejor superan las crisis son los que mantienen la calma, analizan sin dramatismo y actúan con coherencia. No buscan culpables, buscan soluciones. Esa es la verdadera mentalidad ganadora.

Reflexión final

La motivación deportiva no es un estado permanente. Es una energía que fluctúa, que se renueva y que necesita ser alimentada con propósito, descanso y autoconocimiento. Los baches no son enemigos, son recordatorios de que el camino exige sacrificio, adaptación y equilibrio.

He aprendido que la motivación no se recupera de golpe, sino paso a paso: descansando cuando hace falta, revisando los objetivos, cambiando lo necesario y apoyándose en quienes te rodean. No se trata de estar siempre arriba, sino de mantenerse firme cuando todo se tambalea.

El deporte, en todas sus formas, es una escuela de vida. Enseña a resistir, a trabajar en equipo, a aceptar los errores y a levantarse una y otra vez. Ya sea sobre el hielo, en una pista, en el agua o en la montaña, la esencia es la misma: seguir avanzando con pasión, incluso cuando cuesta.

Los baches pasan, pero lo que queda es la actitud con la que los enfrentas.

Y esa actitud -constante, honesta, comprometida- es la que define a los verdaderos deportistas.

Articulo publicado en “Espacio Deporte Magazine” – 14, que puedes descargar aquí

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