Claves para ganarse el respeto de tus compañeros y rivales
Si algo he aprendido en todos estos años en el vestuario del Club Hielo Jaca, es que el hielo no miente. Pero el vestuario, ese espacio cerrado donde pasamos tantas horas entre el olor a equipo y el frío de la pista, miente todavía menos.
A menudo nos obsesionamos con quién mete más goles o quién tiene el slapshot más potente. Sin embargo, cuando las cosas se ponen feas en el tercer periodo o cuando encadenamos tres derrotas seguidas, lo que mantiene a un equipo a flote no es el talento puro, es el respeto. Y el respeto no es algo que se pida, ni algo que venga escrito en los galones de capitán.
He querido plasmar estas ideas basándome en lo que veo cada día en la pista. Aquí no hay secretos ni fórmulas mágicas; solo hay comportamientos que separan a los jugadores que simplemente «están», de los jugadores que «son» el alma del equipo.
La propiedad del error: El fin de las excusas
Esta es, quizás, la regla de oro en nuestro club. En el deporte es muy fácil señalar con el dedo: «Es que el pase era malo», «es que el árbitro me tiene manía», «es que el entrenador no me pone».
Los jugadores que más respeto generan en sus compañeros son aquellos que se hacen cargo de lo suyo. Sin más. Si pierdes una marca en el segundo palo o fallas un despeje claro, vuelves al banquillo, asientes y asumes que ha sido un error tuyo. Punto. Sin excusas.
Cuando dejas de culpar a los demás, ganas un poder enorme sobre tu propio juego. Y lo más importante: generas un entorno de confianza. Tus compañeros saben que si cometes un fallo, no vas a buscar a quién cargarle el muerto. Esa honestidad es la base de cualquier grupo que quiera aspirar a algo serio. En el hockey hielo, como en la vida, la propiedad del error es el primer paso para el acierto.
La puntualidad no es llegar a la hora, es llegar preparado
Hay una idea equivocada sobre el hecho de «llegar el primero». Si llegas el primero para estar con el móvil sentado en el banco, no sirve de nada. Los jugadores respetados son los que llegan pronto para poner su cabeza en el sitio correcto.
Aparecer por el pabellón con tiempo no es para que yo, como entrenador, te ponga un «tick» de asistencia. Es para liderar con el ejemplo. Es el tiempo que usas para revisar el equipo, cintar los palos, para calentar ese hombro que te molesta o para hablar con el chaval joven que ves un poco bajo de ánimos.
Cuando un joven ve que el veterano ya está activando antes de que empiece el entrenamiento o el partido oficial, el mensaje es claro: «Esto importa». No hace falta decir ni una palabra. El respeto se construye en esos minutos de silencio antes de saltar al hielo, cuando demuestras que tu compromiso con el equipo empieza mucho antes del pitido inicial.
El valor de preguntar: La obsesión por mejorar
Me encuentro a menudo con jugadores que no preguntan por miedo a parecer que no saben. Es el mayor error que se puede cometer. Los deportistas que más respeto me transmiten son los que tienen una obsesión sana por los detalles.
No tienen miedo a levantar la mano durante la explicación de un ejercicio de salida de zona y decir: «Coach, esto no lo entiendo, ¿puedes repetirlo?». Esa humildad es una señal de fuerza, no de debilidad. Al preguntar, le estás diciendo a tus compañeros que el aprendizaje no termina nunca. Estás demostrando que te importa tanto el sistema de juego que no quieres cometer un error por orgullo. Ese hambre por los detalles es lo que acaba marcando la diferencia entre un equipo que solo patina y uno que compite por títulos.
El cuerpo es tu herramienta de trabajo
Mucha gente cree que el hockey se acaba cuando sales de la ducha. Error. El respeto por el juego se demuestra en lo que haces cuando nadie te mira. Hablo de la movilidad, de la nutrición y, sobre todo, del descanso.
Un jugador que se cuida está respetando a su equipo. Si llegas a un partido de playoff habiendo dormido cuatro horas o habiendo comido cualquier cosa, no estás siendo profesional con los otros 20 compañeros que se van a partir la cara contigo en el hielo. En Jaca, donde el compromiso es nuestra seña de identidad, tratar la recuperación como parte del trabajo es fundamental. El que estira después de la sesión, el que se hidrata bien y el que entiende que su cuerpo es lo que le permite ayudar al grupo, ese es el jugador en el que todos confían cuando el partido llega al final y las piernas pesan.
La gestión de la energía: Sumar o restar
Hay una idea equivocada de que el líder tiene que ser el que más grita o el que hace más ruido. No es verdad. Hay silencios en el vestuario que pesan más que cualquier discurso motivador de película.
El respeto se gana sumando. Todos tenemos días malos, problemas personales o cansancio acumulado. Pero el jugador respetado entiende que su presencia tiene que levantar el ánimo del vestuario. Si entras al vestuario arrastrando los pies y quejándote del frío o del horario, estás restando al grupo. El respeto se lo lleva el que, incluso estando fundido, entra con una actitud que dice «vamos a currar». Es una cuestión de higiene mental diaria. Tu presencia debe ser un motor, no un ancla.
Equilibrio emocional: Ni hundirse, ni fliparse
El hockey es un deporte de rachas y de muchas emociones. Un día metes tres goles y al día siguiente no das un pase a derechas. El jugador que se gana el respeto es el que aparece con la misma mentalidad, gane o pierda.
No queremos gente que cuando ganamos parece que ha inventado el hockey hielo y cuando perdemos se encierra en su rincón a lamentarse. Ni chulería, ni sulking. Después de un partido, sea cual sea el resultado, el profesional vuelve al trabajo al día siguiente. Hay una regla no escrita: tienes poco tiempo para celebrar y el mismo para estar fastidiado. Al día siguiente, volvemos a la pista con la misma intensidad de trabajo. Ese equilibrio da mucha tranquilidad al resto del equipo; saber que tienes a alguien al lado que no va a perder los papeles por un resultado es un lujo competitivo.
El respeto no se habla, se suda cada día
Esta es la conclusión de todo lo anterior. He visto a muchos jugadores dar grandes discursos en el vestuario y luego no bajar a defender en un backcheck con intensidad. Esas palabras no valen nada.
En este club, el respeto se gana en cada cambio, en cada bloqueo de tiro y en cada vez que te levantas del hielo después de un golpe. No es algo que se dice, es algo que se hace. Se trata de actitud.
La identidad del Club Hielo Jaca
En el Club Hielo Jaca no somos solo un equipo; somos una institución con una historia que nos obliga a dar un extra. Llevar este escudo exige un nivel de lealtad que va más allá de lo técnico. Los chicos jóvenes que suben al primer equipo se fijan en estos siete puntos, aunque no los tengamos escritos en la pared. Se fijan en quién cuida su material, quién es honesto con sus errores y quién mantiene el tipo cuando el marcador va en contra.
Como entrenador, mi labor es daros las herramientas tácticas para ganar, pero vuestra labor es construir este código ético. Si cumplís estos puntos, el resultado en el marcador acabará llegando como una consecuencia natural. Pero lo que es seguro es que os iréis a casa sabiendo que os habéis ganado el respeto de vuestros compañeros. Y eso es lo único que realmente queda cuando cuelgas los patines.
Nos vemos en las pistas.
Articulo publicado en “Espacio Deporte Magazine” – 15, que puedes descargar aquí